Camino entre las estanterías y busco esos libros que quiero leer, pero no puedo comprarme. La crisis, dicen. Nos evita las novedades fulgurantes del mercado editorial fulgurante y nos evoca que el mejor de los libros, el ejemplar definitivo, no saldrá a la venta hasta mañana. Compruebo que El Mapa y el Territorio sigue prestado por tiempo indefinido, que la casualidad que me otorgue su lectura no va a ser fácil de encontrar. Prestado hasta se torna en el apellido inequívoco de la grandeza de Houllebecq. Hubo un tiempo en que mi apellido, en esos sistemas públicos casi binarios, estaba siempre prestado. Es un concepto que me gusta, estar prestado hasta. Como quiero ser un tipo positivo, me decido a regresar sobre esos clásicos que nunca terminan de pasar de moda, al más puro estilo Di Stéfano o Johan Cruyff. Así que me sumerjo durante unos minutos en leer breves versos de Cernuda o Whitman y pienso, indefectiblemente, en Manuel Vilas y Vicente Luis Mora, que siempre los reivindican como yo a los Leño. La biblioteca es un buen refugio para la crisis económica. Por fin dejaremos los estantes de novedades vacíos y recuperaremos el sosiego, la calma, la lectura serena y profunda de aquellos que no debieron salir nunca del escaparate de recomendaciones, aunque eso nos haga sentir mayores. O quizá más jóvenes que nunca.

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